Voluntario
En la pagina Web de la Protectora de Animales de Alcalá de Henares ,http://www.spap-alcala.org/, reza lo siguiente:
Somos una Institución privada, sin ánimo de lucro, declarada de utilidad pública y benéfico-docente, tenemos un centro de Acogida y Adopción de perros abandonados, gestionado por voluntarios y cuyo objetivo principal es encontrarles un verdadero hogar. A través de la página queremos haceros partícipes de nuestro trabajo, actividades, ideales y objetivos, basados en el respeto y cariño hacia "nuestros hermanos menores" los animales.
De pequeño había sido la cosita más linda del planeta, nervioso, inquieto, saltarín, juguetón, travieso, zascandil, desobediente, vamos, lo que se dice un puro trasto, todo energía y simpatía, desbordante de vitalidad por todos sus poros, todo juegos y caricias, todo fidelidad y melaza en aquellos años de su ya perdida infancia, en su familia le pusieron de nombre Estrella, porque había venido en un día de Navidad, dijeron que era nombre de chica, femenino, pero seguramente a él no le importaría lo mas mínimo, en una caja de zapatos de cartón con agujeros y forrada de paja y trapos y los niños al verle le asustaron, chillaban, daban gritos, pataleaban y sonreían en aquel día de grandes festejos. Estrella se arrinconó en una esquina de la caja haciéndose una bola de la que tan solo sobresalían las orejas, tenía miedo, mamá no estaba allí, y sintió un peso sobre su cabeza, un roce, el tacto de una mano peluda y grande, y gruñó, enseñó los dientes y emitió el primer ladrido de su vida, un guau que llenó aún más de gozo y alboroto aquella estancia llena de alegría y cordiales sentimientos. ¡Era tan lindo¡ .
En su mente estaba ahora como una visión aquellos días especiales. Su necesidad de juegos, su libertad de movimientos por la casa, su necesidad de espacios libres, por el parque, sus siestas junto al sofá, sus batallas por robar las zapatillas al peque de la casa, su entrega y paciencia ante los tirones de rabo y de orejas. ¡Prohibido morder y a aguantarse los tirones de pelo¡ y a ronronear de placer como un gato cuando le rascaban la barriga, le acariciaban la cabeza y el lomo o le daban de comer alguna chuchería, le encantaba el atún el bonito en aceite de oliva y el queso y los paseos y los encuentros con sus compañeros del parque de detrás de la casa. Con tristeza recordaba ahora a Patricia, una preciosa perrita Collie de pelo largo con la que jugaba los fines de semana cuando sus dueños aparecían por el barrio y a Rufo, con quien compartía sus retos y sus afanes de superación, de intentar alcanzar el primero la piedra que sus dueños les tiraban, y un día consiguió atraparla antes que Rufo, ese aciago día en que su amigo se cortó una pata con la tapa oxidada de una lata semienterrada. Desde ese día quedó cojo y cuando volvió a verle una semana después se acercó a él, giró en su derredor como un loco, una vuelta, dos, tres, mil, ladrando de contento y emoción, se le puso de pies encima, con sus patas apoyadas en sus hombros, y le dio un beso de perro, le dijo ¡hola¡, ¡estoy tan feliz de verte¡, y le trajo una piedra y se la dejó a los pies para jugar, esa era su señal de identidad de entre ambos, una piedra al lado para poder jugar, para competir, para soñar.
El peque de la familia había cumplido veinte años de edad y seguía jugando con él, haciéndole rabiar, sacándole de paseo, le quería, era su amigo, su fiel compañero, no estaba tan claro quien de los dos sentía con mayor ahínco la amistad, si el humano o el perruno, pero esta, era decididamente fuerte. Ahora, el peque no jugaba tan a menudo como antes porque ahora dedicaba mucho tiempo a su propio hijo y un día desgraciado, quiso la mala estrella de Estrella, que jugando con su pelota, golpease la cuna del niño, al cual nada ocurrió, pero los abuelos del crío dijeron "Esto no puede seguir así". Fatales palabras. Agorera frase. El destino había empezado a cambiar.
Ahora, en el presente, Estrella quería recordar a Rufo así, todavía vital, cojeando, llegando a la piedra antes que él, siempre antes, incluso cojo, ladrándole, meneando el rabo siempre que le veía. Vivo. Los coches pasaban a velocidades increíbles a su lado por aquella autopista. Tumbado, triste y melancólicamente depresivo aulló a las estrellas. Su Estrella se había ido. Hacía dos días que guardaba como un centinela el cuerpo de Rufo sobre la cuneta, fuera del arcén, con todas las tripas afuera, Rufo yacía pudriéndose sobre la hierba desde el martes pasado, cuando un vehículo le atropelló mientras caminaban por aquella desconocida carretera donde sus dueños les habían abandonado. Su cuerpo había empezado a apestar, pero Estrella no se había movido de su lado en todo aquel tiempo. ¿Esperaba que volvería a verle cojear, vivo? .Al principio intentó moverle con su hocico, pero no se movía, le lameteó los morros, le pateó suavemente la cabeza con sus patas delanteras, le aulló, le mordió, como si hubiese estando transportando sus propias crías, en la piel de la nuca y le arrastró hacía afuera, sin saber que estaba haciendo, pero lo hizo bien, lo arrastró fuera del arcén, a la cuneta, buscó una piedra y se la dejó junto a su boca. ¡Vamos a jugar¡ le estaba diciendo, pero Rufo no se movía, y sin entender que le pasaba se tumbó a su lado.
Los abuelos de la familia hablaron con el dueño de Rufo y poco tardaron ambos en decidir que sus perros eran un peligro y estorbo para ambas familias, y un día que el peque, porque a pesar de tener 20 años, todavía era el peque de la familia, había salido de excursión con su mujer y su hijo, lo hicieron. Pues con él en casa, jamás lo hubiesen conseguido. Él no tardaría en perdonarles, pensaron. Lo hacían por él, por su nieto.
Estrella había subido muy alegre al coche del dueño de Rufo, donde este le esperaba, le saludó como de costumbre, un lametazo en los morros y se tumbó junto a él a dormitar plácidamente con el ronroneo del motor en el asiento de atrás, sin percatarse que en esta ocasión ninguno de los dos llevaba collar y anduvieron kilómetros y kilómetros y al parar, impacientes, inquietos, ambos chuchos salieron alocados a corretear, a jugar a perseguirse, a sentirse libres. Olisquearon su nuevo destino, se empujaron el uno al otro y juguetearon unos minutos. Vieron partir de nuevo el coche y ellos no iban dentro, corrieron detrás de él hasta que se perdió de vista.
Y dos horas más tardes, Rufo moría atropellado.
Estrella lloró como lloran los perros.
Se sentía desamparado y en soledad. Y morirse ahora no sería ninguna desgracia. ¿Se borraría su amor por Rufo con el paso del tiempo?.
Al tercer día, un coche se detuvo en el arcén, un par de hombres descendieron, se acercaron a él y Estrella les gruñó. Le mostraron un trozo de carne apetitosamente jugoso que dejaron en el suelo y se apartaron. Mientras comía ávidamente no notó como se deslizaban por detrás y le colocaban un lazo en torno al cuello. Se dejó hacer. No protestó ni luchó y siguió comiendo. Y ellos dejaron que terminara. Luego los acompañó dócilmente, volviendo la cabeza por última vez para con un ladrido decirle adiós a Rufo para siempre.
A sus diez años de edad, Estrella volvió a encontrar un nuevo hogar, era un perro con estrella, no acabaría despanzurrado en una autovía ni asesinado en una perrera, le esperaba la Protectora de Animales.
Un grupo de personas había decidido un buen día organizar un hogar para perros abandonados y no queridos, por el simple placer de hacerlo, por su cariño hacia los animales y sin más ayuda que la de ellos mismos, levantaron una granja perruna poco a poco, ahorita contaban con 145 perros, cuidados, atendidos, limpios, sanitaria y veterinariamente controlados. Y esta Protectora es para contar otra historia. Sigamos con Estrella y la suya.
Allá le desparasitaron, le vacunaron y le esterilizaron. No había sido papá y ahora ya no lo sería nunca.
El peque, se sentía por un lado culpable por haber sido el responsable indirecto de su abandono y probable muerte en aquella carretera donde su vecino le contó que los había abandonado y donde un día, buscándoles, encontró el cadáver de Rufo, le encantaban los perros, nunca olvidó los años pasados al lado de Estrella, y un año después, cuando se trasladó a vivir con su esposa y su hijo a otra localidad y a través de carteles propagandisticos en las paredes del ayuntamiento donde fue a empadronarse, tuvo conocimiento de la existencia de una protectora de animales en las afueras de la ciudad, y una dirección de internet y allá encontró que se necesitaban voluntarios para los fines de semana en el cuidado de los perros, en su higiene y limpieza, y se hizo voluntario de aquella protectora de perros abandonados donde necesitaban gente para atenderles, limpiar sus cubículos, sus cheniles, hacer nuevas casetas, llevarlos al veterinario cuando fuese necesario.
Y el alegrón de su vida se lo llevó Estrella ese día, cuando el peque de la familia, su amigo, vino a verle y a quedarse con él.
Y un día le trajo a su hijo para que jugara también.
Somos una Institución privada, sin ánimo de lucro, declarada de utilidad pública y benéfico-docente, tenemos un centro de Acogida y Adopción de perros abandonados, gestionado por voluntarios y cuyo objetivo principal es encontrarles un verdadero hogar. A través de la página queremos haceros partícipes de nuestro trabajo, actividades, ideales y objetivos, basados en el respeto y cariño hacia "nuestros hermanos menores" los animales.
De pequeño había sido la cosita más linda del planeta, nervioso, inquieto, saltarín, juguetón, travieso, zascandil, desobediente, vamos, lo que se dice un puro trasto, todo energía y simpatía, desbordante de vitalidad por todos sus poros, todo juegos y caricias, todo fidelidad y melaza en aquellos años de su ya perdida infancia, en su familia le pusieron de nombre Estrella, porque había venido en un día de Navidad, dijeron que era nombre de chica, femenino, pero seguramente a él no le importaría lo mas mínimo, en una caja de zapatos de cartón con agujeros y forrada de paja y trapos y los niños al verle le asustaron, chillaban, daban gritos, pataleaban y sonreían en aquel día de grandes festejos. Estrella se arrinconó en una esquina de la caja haciéndose una bola de la que tan solo sobresalían las orejas, tenía miedo, mamá no estaba allí, y sintió un peso sobre su cabeza, un roce, el tacto de una mano peluda y grande, y gruñó, enseñó los dientes y emitió el primer ladrido de su vida, un guau que llenó aún más de gozo y alboroto aquella estancia llena de alegría y cordiales sentimientos. ¡Era tan lindo¡ .
En su mente estaba ahora como una visión aquellos días especiales. Su necesidad de juegos, su libertad de movimientos por la casa, su necesidad de espacios libres, por el parque, sus siestas junto al sofá, sus batallas por robar las zapatillas al peque de la casa, su entrega y paciencia ante los tirones de rabo y de orejas. ¡Prohibido morder y a aguantarse los tirones de pelo¡ y a ronronear de placer como un gato cuando le rascaban la barriga, le acariciaban la cabeza y el lomo o le daban de comer alguna chuchería, le encantaba el atún el bonito en aceite de oliva y el queso y los paseos y los encuentros con sus compañeros del parque de detrás de la casa. Con tristeza recordaba ahora a Patricia, una preciosa perrita Collie de pelo largo con la que jugaba los fines de semana cuando sus dueños aparecían por el barrio y a Rufo, con quien compartía sus retos y sus afanes de superación, de intentar alcanzar el primero la piedra que sus dueños les tiraban, y un día consiguió atraparla antes que Rufo, ese aciago día en que su amigo se cortó una pata con la tapa oxidada de una lata semienterrada. Desde ese día quedó cojo y cuando volvió a verle una semana después se acercó a él, giró en su derredor como un loco, una vuelta, dos, tres, mil, ladrando de contento y emoción, se le puso de pies encima, con sus patas apoyadas en sus hombros, y le dio un beso de perro, le dijo ¡hola¡, ¡estoy tan feliz de verte¡, y le trajo una piedra y se la dejó a los pies para jugar, esa era su señal de identidad de entre ambos, una piedra al lado para poder jugar, para competir, para soñar.
El peque de la familia había cumplido veinte años de edad y seguía jugando con él, haciéndole rabiar, sacándole de paseo, le quería, era su amigo, su fiel compañero, no estaba tan claro quien de los dos sentía con mayor ahínco la amistad, si el humano o el perruno, pero esta, era decididamente fuerte. Ahora, el peque no jugaba tan a menudo como antes porque ahora dedicaba mucho tiempo a su propio hijo y un día desgraciado, quiso la mala estrella de Estrella, que jugando con su pelota, golpease la cuna del niño, al cual nada ocurrió, pero los abuelos del crío dijeron "Esto no puede seguir así". Fatales palabras. Agorera frase. El destino había empezado a cambiar.
Ahora, en el presente, Estrella quería recordar a Rufo así, todavía vital, cojeando, llegando a la piedra antes que él, siempre antes, incluso cojo, ladrándole, meneando el rabo siempre que le veía. Vivo. Los coches pasaban a velocidades increíbles a su lado por aquella autopista. Tumbado, triste y melancólicamente depresivo aulló a las estrellas. Su Estrella se había ido. Hacía dos días que guardaba como un centinela el cuerpo de Rufo sobre la cuneta, fuera del arcén, con todas las tripas afuera, Rufo yacía pudriéndose sobre la hierba desde el martes pasado, cuando un vehículo le atropelló mientras caminaban por aquella desconocida carretera donde sus dueños les habían abandonado. Su cuerpo había empezado a apestar, pero Estrella no se había movido de su lado en todo aquel tiempo. ¿Esperaba que volvería a verle cojear, vivo? .Al principio intentó moverle con su hocico, pero no se movía, le lameteó los morros, le pateó suavemente la cabeza con sus patas delanteras, le aulló, le mordió, como si hubiese estando transportando sus propias crías, en la piel de la nuca y le arrastró hacía afuera, sin saber que estaba haciendo, pero lo hizo bien, lo arrastró fuera del arcén, a la cuneta, buscó una piedra y se la dejó junto a su boca. ¡Vamos a jugar¡ le estaba diciendo, pero Rufo no se movía, y sin entender que le pasaba se tumbó a su lado.
Los abuelos de la familia hablaron con el dueño de Rufo y poco tardaron ambos en decidir que sus perros eran un peligro y estorbo para ambas familias, y un día que el peque, porque a pesar de tener 20 años, todavía era el peque de la familia, había salido de excursión con su mujer y su hijo, lo hicieron. Pues con él en casa, jamás lo hubiesen conseguido. Él no tardaría en perdonarles, pensaron. Lo hacían por él, por su nieto.
Estrella había subido muy alegre al coche del dueño de Rufo, donde este le esperaba, le saludó como de costumbre, un lametazo en los morros y se tumbó junto a él a dormitar plácidamente con el ronroneo del motor en el asiento de atrás, sin percatarse que en esta ocasión ninguno de los dos llevaba collar y anduvieron kilómetros y kilómetros y al parar, impacientes, inquietos, ambos chuchos salieron alocados a corretear, a jugar a perseguirse, a sentirse libres. Olisquearon su nuevo destino, se empujaron el uno al otro y juguetearon unos minutos. Vieron partir de nuevo el coche y ellos no iban dentro, corrieron detrás de él hasta que se perdió de vista.
Y dos horas más tardes, Rufo moría atropellado.
Estrella lloró como lloran los perros.
Se sentía desamparado y en soledad. Y morirse ahora no sería ninguna desgracia. ¿Se borraría su amor por Rufo con el paso del tiempo?.
Al tercer día, un coche se detuvo en el arcén, un par de hombres descendieron, se acercaron a él y Estrella les gruñó. Le mostraron un trozo de carne apetitosamente jugoso que dejaron en el suelo y se apartaron. Mientras comía ávidamente no notó como se deslizaban por detrás y le colocaban un lazo en torno al cuello. Se dejó hacer. No protestó ni luchó y siguió comiendo. Y ellos dejaron que terminara. Luego los acompañó dócilmente, volviendo la cabeza por última vez para con un ladrido decirle adiós a Rufo para siempre.
A sus diez años de edad, Estrella volvió a encontrar un nuevo hogar, era un perro con estrella, no acabaría despanzurrado en una autovía ni asesinado en una perrera, le esperaba la Protectora de Animales.
Un grupo de personas había decidido un buen día organizar un hogar para perros abandonados y no queridos, por el simple placer de hacerlo, por su cariño hacia los animales y sin más ayuda que la de ellos mismos, levantaron una granja perruna poco a poco, ahorita contaban con 145 perros, cuidados, atendidos, limpios, sanitaria y veterinariamente controlados. Y esta Protectora es para contar otra historia. Sigamos con Estrella y la suya.
Allá le desparasitaron, le vacunaron y le esterilizaron. No había sido papá y ahora ya no lo sería nunca.
El peque, se sentía por un lado culpable por haber sido el responsable indirecto de su abandono y probable muerte en aquella carretera donde su vecino le contó que los había abandonado y donde un día, buscándoles, encontró el cadáver de Rufo, le encantaban los perros, nunca olvidó los años pasados al lado de Estrella, y un año después, cuando se trasladó a vivir con su esposa y su hijo a otra localidad y a través de carteles propagandisticos en las paredes del ayuntamiento donde fue a empadronarse, tuvo conocimiento de la existencia de una protectora de animales en las afueras de la ciudad, y una dirección de internet y allá encontró que se necesitaban voluntarios para los fines de semana en el cuidado de los perros, en su higiene y limpieza, y se hizo voluntario de aquella protectora de perros abandonados donde necesitaban gente para atenderles, limpiar sus cubículos, sus cheniles, hacer nuevas casetas, llevarlos al veterinario cuando fuese necesario.
Y el alegrón de su vida se lo llevó Estrella ese día, cuando el peque de la familia, su amigo, vino a verle y a quedarse con él.
Y un día le trajo a su hijo para que jugara también.
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